Ya, en las dos semanas anteriores, he venido hablando del poder, pero hoy, y debo agradecer a mi gran amigo Rafael, por hacer el preámbulo para esta entrada sobre, el poder que nos queda.
Decía Rafa, y voy a citar textualmente: “Es inevitable sentir algo de tristeza al ver como nuestra sociedad a medida que "crece" no solo en un aspecto demográfico sino en logros de la técnica y el intelecto, se comporta cada vez más como una jauría de perros sedientos de ese "Poder", así es, la gente desea el poder, no desea dinero, sino lo que puede hacer con él.
Todos somos conscientes de ello, es más, somos partícipes, perros de la manada, marcamos territorio y mostramos los dientes cuando creemos que nuestro hueso esta bajo amenaza...”.
Todos somos conscientes de ello, es más, somos partícipes, perros de la manada, marcamos territorio y mostramos los dientes cuando creemos que nuestro hueso esta bajo amenaza...”.
Y no solo es defender el hueso que tenemos, también peleamos por el hueso del vecino, y cada vez queremos más huesos, y que estos sean más grandes y mejores, vivimos competitivamente buscando siempre una mejor posición, mejores ingresos, tener un “Status” que nos permita ser “aceptados” socialmente…
Ahora bien, no quiero decir que esto sea completamente malo, pues ¿Quién no desea siempre algo más?
Aceptémoslo, el ser humano es ambicioso. Y ser ambicioso es algo ambiguo, pues es nuestro medio, una persona ambiciosa es vista como una persona que sabe lo que quiere, que lucha por sus ideales, que lidera, propone y se esfuerza por conseguirlo, pero también, de esta misma forma, se definen a las personas que no les importa pasar por encima de los demás, para obtener lo que desea, y pues desgraciadamente, vemos como la mayoría de dirigentes políticos son corruptos, arrasan con las arcas del estado, cometen asesinatos y peor aún los llaman “falsos positivos”, crean grupos armados ilegales, se alían con ellos, desplazan campesinos para quedarse con sus tierras, manipulan la información, invaden la privacidad de las personas (chuzadas), incluso, utilizan los helicópteros del ejército para que sus hijos salgan de paseo…
Pero, así como lo dice Rafael, somos consientes de ello, pero también somos partícipes, permitimos que esas cosas sucedan y en muchos casos, nosotros mismo las hacemos, pues al estar tan rodeados de estas situaciones, terminamos por aceptarlas y hacerlas parte de nuestra vida.
Es así como repudiamos la corrupción en las entidades públicas, pero tratamos de sobornar al policía de tránsito, o como repudiamos el paramilitarismo y la guerrilla, pero hablamos de limpieza social en nuestros barrios, de cómo nos quejamos de la suciedad del rio Bogotá, pero arrojamos basura a las calles, de la deforestación y el daño al medio ambiente, pero en casa no tenemos planes para separar las basuras y reciclar, nos quejamos de la guerra, pero incentivamos a nuestros hijos a “no dejarse de nadie”…
Muy seguramente en este momento, alguien diría algo como “pero si es un solo papelito en la calle”, ó “pero a esa gente que roba, que mata y que viola hay que acabarla”, o “como voy a dejar que le peguen al niño y que él se deje y no responda”.
En el caso del papelito, es muy sencillo, si los 7 millones de habitantes de Bogotá, botáramos un papelito, tendríamos 7 millones de papelitos en la calle. Los otros temas son un poco más polémicos, pues por lo general, involucran los sentimientos de las personas, la sensación de peligro, el riesgo de sufrir, o incluso de morir, y por esta razón actuamos sin pensar en las consecuencias, sin respeto por la vida ni por las leyes.
Sí, estamos en la jungla, como una jauría de perros, mostramos los dientes, defendiendo nuestro territorio… Pero, si justificamos una sola mala acción en nosotros, ¿tenemos la autoridad moral de reprocharla en los demás? NO, rotundamente, no debemos seguir con la hipocresía y la permisividad, debemos hacer un alto en el camino, y con todo lo difícil que pueda ser, corregir el rumbo, y es aquí donde radica nuestro poder, el poder de pensar, de decidir, de actuar, pero actuar correctamente, con honradez, con sinceridad, con honestidad, pensando en sociedad, en un futuro, en un país mejor, porque, tal como lo dijo Albert Einstein, “Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera”.
Nuevamente, y para terminar, haré una cita textual de Rafael: “…Es cierto, eso no se come, ni paga nuestras deudas, pero si nos abre los ojos, sí dejamos de ver a nuestro compañero de oficina como el perro que nos quiere quitar el hueso, y él a su vez tal vez deje de serlo”.
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